martes, 13 de abril de 2021

 

La modernidad en el Ecuador: una isla de realidades en un océano de otras

Ese término, hoy en boca de todos que es lo moderno, lo actual, lo vanguardista y en general todo lo que representa el salto hacia una nueva era, ha ocupado un peldaño importante en la escalera hacia la globalización, el desarrollo y la evolución de nuestra sociedad en este siglo XXI. Hace ya más de dos siglos que la humanidad vio nacer la era industrial y con ella un concepto de modernidad naciente que vendría a convertirse en el punto de referencia del crecimiento de las sociedades con un modelo moderno ¨exitoso¨ occidental, un punto de referencia donde esas grandes ciudades que fueron testigos de los más importantes avances y descubrimientos, han sido y son hasta hoy el paradigma del desarrollo a nivel mundial. Términos como el subdesarrollo, el tercermundismo, la marginalidad cobran un sentido importante en la delimitación de un crecimiento adecuado para las ciudades en cualquier parte, siendo este desarrollo una idea importada que trata de hacerse espacio con todas las dificultades que un planteamiento teórico unilineal trae consigo.

Ecuador al igual que otros países de Latinoamérica ha experimentado numerosos procesos de crecimiento, desarrollo y urbanización, pero es precisamente en ese contexto en donde se encuentra una realidad que resulta contradictoria a una sociedad que se llama a si misma moderna, o en vías de modernización. Son pocos y contados los paisajes que denotan las características de una modernidad tal y como la reconocemos en el modelo social occidental, generalmente vinculados a las grandes urbes y los espacios de acceso y preferencia internacional; sin embargo, una gran parte y la mayor extensión de la población ecuatoriana ocupa territorios que podría decirse se encuentran “congelados en el tiempo”, segmentos territoriales distribuidos a lo largo de todas las ciudades y fuera de ellas muestran una vida que haciendo a un lado las semillas de la globalización, podrían fácilmente compararse a una sociedad básica tradicional de la era preindustrial.

La vida en el pueblo e incluso en muchas partes de la ciudad se ha adaptado de manera que incorpora elementos de la tecnología y el mundo moderno, sin alterar una estructura sencilla, básica y basada en el intercambio, la reciprocidad, la agricultura y la ganadería. Las más grandes ciudades de nuestro país a pesar de tener una estructura moderna y organizada en su mayoría, siguen prosperando en ella modos de vida pretéritos en los intersticios de todo el ecosistema urbano, es decir el funcionamiento de la vida cotidiana es diferente a la denominación territorial y las caracterizaciones de urbano o rural. Pensemos por un momento en los cultivos y modalidades de agricultura urbana que ciertas familias incorporan a su modo de vida “moderno”; estos modos son una extrapolación de la vida rural a la vida urbana, un elemento del habito campo que prevalece y se hibrida con la tecnología y los modos de ser en la ciudad, el continuum folk urbano de Osar Lewis.

La ciudad se vuelve de esta manera un escenario barroco por los matices tan diversos que presenta y que al igual que un organismo vivo coexisten y se adaptan para funcionar como un todo orgánico, un sistema que no termina de evolucionar ni a un lado ni quedarse en el otro, un organismo en todo el sentido de la palabra, uno al cual es difícil comprender del todo si no se está en el presente de esta realidad en cuestión; así pues es preciso estar ahí para darse cuenta de la mixtura de la vida cotidiana moderna en el Ecuador. El presente evoca detalles que muchas veces se salen de los esquemas que cualquier investigador o estudioso de la modernidad da por sentado en la realidad, detalles y características que cobran sentido una vez seleccionados y evaluados los marcos teóricos en el contexto de la realidad vivida.

Santa Rita, una localidad rural de San Lorenzo en la provincia de Esmeraldas es un lugar peculiar de agricultores y comerciantes ubicado entre un amplio rio y la selva, las viviendas están construidas con madera y caña guadua en su mayoría, con una estética muy práctica y sencilla; el modo de vida aquí transcurre podría decirse (sin temor a equivocarme) como un auténtico poblado medieval en el que la gente convive en comunidad y poco les afecta lo que suceda en el mundo exterior, pues si bien aspectos como la electricidad, el alcantarillado o los televisores están presentes en algunas casas son eso que desentona con toda una estética y una cotidianidad rudimentaria desde que empieza hasta que termina el día. No parecen necesitar más ni ambicionar algo que no tengan, aun las nuevas generaciones parecen contentas con lo que poseen y toda la comunidad tiene vistas a prosperar por muchas generaciones más, la pregunta sin embargo es, hasta qué punto podrá Santa Rita y otros tantos pueblos congelados en el tiempo resistir el esparcimiento y la urbanización que cada día se extienden a pasos agigantados.

Se podría decir que muchos lugares de este país ofrecen una resistencia al cambio, a la transformación, pero sobretodo una resistencia a perder la seguridad en todo sentido puesto que la venida de implementaciones trae consigo muchas veces giros abruptos en el modo de vida de las personas, sus hábitos y cotidianidades. La forma en que seguramente veremos la evolución de nuestras sociedades en estos espacios resguardados vendrá no de la forma en que las grandes compañías, agencias u organismos esperan, es decir una superposición de toda una capa de elementos sobre otros; ello sin duda se intentará y traerá consigo no pocos conflictos a la hora de traer el desarrollo. Lo que veremos con más seguridad es una evolución muy paulatina y desacelerada de inclusión de esos elementos que tarde o temprano tendrán un lugar en toda la sociedad; estas localidades irán aceptando objeto por objeto, tecnología por tecnología en periodos largos de tiempo, de manera que conformen una especie de hibridación de sociedad rudimentaria y moderna, como si se tratase de un organismo vivo que gradualmente incorpora a su cuerpo partes mecánicas, poco a poco y seleccionadas cuidadosamente. Esta hibridación de la vida moderna y rustica es un fenómeno que ya está sucediendo, pero que las personas no son totalmente conscientes de esta realidad porque ven e incorporan de forma natural tecnologías e implementaciones a su forma de vida, esto se normaliza a una escala comunitaria y permanece por un tiempo hasta seguir con el siguiente elemento.

Inclusive es común encontrar que ciertas poblaciones son renuentes a aceptar grandes cambios aun sabiendo que los necesitan y que representan un bien mayor para su gente, sin embargo incorporan sin darse cuenta micro cambios o micro tecnologías que aun sin ser algo estrictamente útil (la mayoría de las veces tecnologías relacionadas al entretenimiento) terminan por encajar fácilmente, por adherirse y esparcirse como la hiedra en los arboles hasta quedar plenamente fijadas en la vida de la sociedad. Es así que atravesamos profundos cambios que llegan y se instalan en núcleos de la sociedad desarrollados que funcionan como puntos de irradiación a las periferias, islas de modernización que consiguen sin lograrlo del todo, acelerar un progreso gradual en la consecución de las etapas de la globalización en el país. Sin embargo, muchas comunidades y grupos indígenas de la amazonia han denotado importantes cambios en sus modos de vida, por esfuerzos venidos desde hace ya tiempo por incorporarlos a la sociedad moderna, son un ejemplo claro muy por encima de si resultaron necesarios o por otra parte perjudiciales. Sea como sea que se vaya pintando el panorama de la evolución hacia la modernidad en nuestra sociedad, queda en el aire la incertidumbre de saber si esta hibridación de sociedad moderna y rudimentaria tomara forma en algún momento, o seguirá en el juego de la preservación contra el cambio.

La paradoja de la evolución en el nuevo milenio

No hace mucho fuimos testigos como raza de profundas e importantes transformaciones a nivel social, ideológico, pero sobretodo tecnológico; cambios que marcaron un antes y un después en el ritmo progresivo de nuestro crecimiento como especie, con ello me refiero a la revolución industrial, un fenómeno que redefiniría para siempre nuestro modo de hacer y construir una sociedad cada vez más moderna. Con el advenimiento de esta nueva era, el mundo se hallaba ya en una etapa madura de antropocentrismo y eurocentrismo, es decir el hombre se erguía como pilar de todas las cosas, había superado las ataduras de la religión y la monarquía para acercarse a un modelo de civilización diferente y más ¨perfecto¨. Entonces nos dedicamos a desarrollar las ramas del conocimiento, a expandir las disciplinas y sus campos de aplicación, a crear más y mayores instituciones para lidiar con sociedades cada vez más complejas; en suma, a hacer aquello que en un principio creímos que nos llevaría a ser mejores como especie, y en cierta forma lo hemos logrado, a ser más sofisticados, pero no mejores como especie. No hemos suprimido la barbarie, al contrario, si la civilización de ayer la controlaba, la de hoy la ha dejado en libertad, porque hoy como nunca somos más diestros en perfeccionar la barbarie, y no solo eso, sino expandirla y comercializarla.

El siglo XX considerado como una de las épocas más oscuras y sangrientas en la historia de la humanidad, fue un punto de quiebre en el supuesto ascenso a la perfección de nuestro modelo civilizatorio que se estaba gestando ya un par de siglos; fue el momento en el que nos dimos cuenta que algo en la formula evolutiva estaba fallando al traer al frente y de forma sistemática el empeño del conocimiento y la tecnología, (en suma aquello a lo que nos habíamos aferrado por considerar una evidencia de que estábamos avanzando por el camino a convertirnos en una especie superior), para causar destrucción como nunca antes la habíamos hecho. Las nuevas estrategias, herramientas y complejidades sociales se habían derrumbado o más bien dicho se habían vuelto en nuestra contra, para en poco más de tres décadas, despojarnos de una humanidad que consideramos había crecido notablemente. Desde el comienzo de la primera hasta el final de la segunda guerra mundial nos convertimos no en otra cosa que en salvajes sofisticados.

Lo que sucedió después fue un periodo de reacomodación, de preguntas e intentos de volver todo a la normalidad, pero finalmente habíamos abierto los ojos y dado cuenta de que, habíamos perdido nuestras raíces y desechado respuestas que con tanto ahínco había conseguido responder la humanidad sobre nuestro origen, propósito y razón de estar en el mundo; pilares elementales entretejidos desde la filosofía, la religión y la memoria ahora nos habían abandonado pero el hombre aun no noto su ausencia sino hasta principios de este siglo donde el re surgimiento de una sensoemotividad irracional aparentemente injustificada plantea al mundo importantes preguntas sobre lo que hemos hecho con nuestro pasado y por consiguiente lo que nos espera en el futuro.

El advenimiento repentino de sociedades en caos que no entendíamos trajo consigo una incertidumbre generalizada sobre nuestro estado como personas, sobre nuestras orientaciones y hacia donde nos había llevado todo aquello que ahora formaba parte de ese bagaje tecnológico desarrollado que poseemos y esgrimimos con tanta soberbia. ¿Cuál era realmente el lugar al que habíamos llegado como seres conscientes después de más de seis mil años de civilización?; ¿realmente habíamos cambiado respecto de las antiguas civilizaciones y sus sofisticados y rústicos sistemas tiránicos de gobierno?, o solamente habíamos recubierto elegantemente todo ese conjunto de cosas que nos acercan más al mundo de la naturaleza que de la cultura.

La respuesta es ambigua en ese sentido, pues en parte durante milenios desarrollamos métodos para colectivizar el buen comportamiento, la vida honorable y una serie de virtudes que dicho de la mejor forma fueron los pilares reales de nuestra civilización; esos principios que estuvieron a nuestro lado todo el tiempo para discernir el bien del mal, lo correcto de lo incorrecto, lo puro de lo impuro, son elementos que a la humanidad le tomo un tiempo extremadamente amplio seleccionar y perfeccionar para hacer las veces de un mentor en nuestro camino hacia la evolución que estábamos predestinados a concretar.

¿De qué manera se destruyen bases tan fuertes de una edificación tan inmensa que toca el cielo y aun así permanece en pie?, ¿de qué manera se mira loable arrancar las raíces de un árbol colosal que ha erguido sus ramas, hojas y florido muy alto y de la misma manera sigue en pie?, como si de una mera fachada o superficie se tratase, totalmente incoherente a la lógica de la vida y de las leyes del mundo en sí. Pues este fenómeno es la mejor forma que tengo de representar nuestra civilización, como un proyecto enorme que crece constantemente, se rediseña, se actualiza, pero el cual en una etapa importante de su avance ha conseguido erradicar los objetivos principales que dieron motivo a su creación, convirtiéndose de esta manera en un gigante a la deriva, desanclado de su lugar de origen, despojado de su historia, que ahora busca sin éxito un sentido que darle a todo ese volumen.

¿Cuál es entonces el sentido que adquiere nuestra sociedad en manos de la globalización ante un panorama sin memoria?, ¿es acaso la de un crecimiento sin sentido que inevitablemente, y lo hemos visto incontables veces, recae en profundas heridas a los derechos humanos, la dignidad, la insostenibilidad y la expansión desmesurada? El capitalismo de hoy es un complejo sistema muy bien perfeccionado para hacer funcionar agrupaciones humanas tan extensas en forma de naciones y articular de manera sistemática un crecimiento que, si bien no es el más amable que hubiésemos esperado, ha demostrado ser un elemento al menos competente a la hora de hacer que todo tenga cierta coherencia.

Sin embargo el verdadero problema no es el sistema de organización política y social que prevalece ahora, que finalmente es una adaptación y perfeccionamiento de todos esos mecanismos de progreso que la civilización ha experimentado durante milenios; el verdadero problema yace en los intentos de re-edificar conceptos, modos de pensar y de vivir sobre lo que somos, vanguardias que han surgido en estos tiempos que pretenden desmoronar toda esa historia que nos respalda como seres humanos, desprendimiento que comenzó tímidamente hace ya un par de siglos pero que ahora tiene un importante espacio en prácticamente todos los ámbitos de la vida moderna. El progresismo, el socialismo, el feminismo, son conceptos que ahora en el siglo XXI tienen mucha importancia y son los engendros de algo que comenzó con pequeños cuestionamientos sobre lo que habíamos hecho y daría la bienvenida a la era del antropocentrismo allá por el siglo XIX.

Las transformaciones y los cambios que han marcado importantes fases en el desarrollo de nuestra civilización fueron movimientos clave de individuos que pensaron distinto y nos llevaron a cuestionamientos, e incluso actos despreciables frente a esos cambios, pero que finalmente terminaron por encajar y ser necesarios para una evolución autentica. Podría decir sin temor a equivocarme que la última gran transformación que hizo bien al hombre en términos de repensarse a sí mismo y lo que es, fue el renacimiento; una era de ciencia, arte y sensibilidades que aun a día de hoy tiene influjo en muchos ámbitos de la vida intelectual y artística.

Pero no puedo decir lo mismo de todas las transformaciones que llegaron después en materia de pensamiento, sobre todo las más recientes, pues cruzaron la frontera y fueron aún más allá de los roles que habíamos desempeñado durante toda nuestra historia, rompiendo los esquemas más básicos de nuestra moral social, los grandes ideales, las virtudes, y todos los principios sobre los que habíamos edificado el concepto de ser persona. Entonces llegó ese punto de quiebre, y no fue sino hasta ese entonces y todo lo que vendría luego, que entendimos que algo habíamos hecho mal, que el modo de hacer sociedad que habíamos adoptado y del cual estábamos orgullosos, más aún por ir a la par con los más importantes avances en materia de tecnología, medicina, química o física; cegó por completo el empobrecido desarrollo humano que estábamos gestando.

Las secuelas del siglo XX nos colocan en un siglo XXI de enormes incertidumbres sobre muy pocas certezas, nos encontramos sobre los escombros del pasado tanteando y experimentando cosas nuevas, que, en realidad, dicho de mejor forma son cosas que habíamos olvidado. El nuevo milenio es el de una civilización que ha vuelto al principio, que ha olvidado su pasado y está condenado a repetirlo, a verlo cuecerse una vez más para refrescar la amnesia que nos agobia cada vez más implacablemente. Como consecuencia de ello tenemos en frente una sociedad en crecimiento empobrecida, un desarrollo sin límites, un progreso desenfrenado sin principios que ha terminado por cavar profundos agujeros de los que se desprenden los principales conflictos en los que se ocupa la geopolítica internacional.

El elemento crítico al que me refiero por sobretodo, uno despreciado enormemente y cada vez más desvalorizado, del cual nos hemos desprendido gradualmente y a un ritmo acelerado es la religión. Ese tirano al cual cada vez más tildan de ridículo e innecesario, institución que creen comprender y se ven en el derecho o autoridad de desechar no solo para ellos mismos y sus vidas, sino para todo el resto de la sociedad. La actitud contemporánea no solo respecto a la religión sino también a las tradiciones y la memoria histórica se está volviendo en general cada vez más paupérrima y decadente, puesto que la atmosfera que envuelve la modernidad ha creado un curioso modelo de ciudadano contemporáneo totalmente dependiente de la vida externa, una suerte de autómata impulsado por estímulos convencionales que dependen y descansan en el materialismo institucionalizado y su sistema de motivaciones ligeras con recompensa inmediata. La falta de auténticos propósitos, motivaciones personales profundas con importantes significados que trasciendan la vida convencional, la dificultad de alcanzar e identificar un sentido de pertenencia ya sea propio o externo, o la indiferencia colectiva en aumento por solventar las preguntas que el hombre se ha planteado desde que tiene consciencia, son claros síntomas de una sociedad sin principios, y de personas cada vez más reacias a forjar existencias complejas.

La existencia teleológica de personalidades en constante conflicto y cuestionamiento interno parece verse como un estilo de vida pesado y sin sentido para los contemporáneos, porque no se adhiere a la dinámica de la inmediatez y la hiperproductividad del mundo actual; todo aquello que se salga de esos lineamientos se mira como innecesario y poco convincente en la carrera hacia la autorrealización y el éxito. Lo cierto es que mantenemos clara una imagen de cómo debe comportarse un ciudadano normal hoy en día, y aunque muchas realidades tiren por la borda todos esos preceptos, aun si la superficie de la era de la información está cubierta por el imaginario del individuo emprendedor de éxito.

El sueño americano es el punto de partida para el estereotipo del hombre moderno, que es uno de los aspectos responsables de delimitar los campos del buen hacer para la vida cotidiana, un modelo de vida que ha sabido esparcirse e introducirse según los alcances de la globalización en prácticamente todas las sociedades del mundo, ha sabido entonces reproducirse en incontables familias y por lo tanto heredarse hasta nuestros días. Ahora bien, esta reproducción sistemática de modus vivendi ha llevado a los individuos al abandono paulatino de costumbres que sin saberlo fueron antaño el reproductor y generador de hábitos que servían como preservadores de valores responsables de enderezar y hacer las veces de guía en el curso de crecimiento de una persona y de su familia.

La institución de la religión ha sido relegada no a un segundo, sino a un tercer plano en la vida social porque las corrientes de pensamiento contemporáneos están alineadas a un desarraigamiento ideológico que dio comienzo hace más de 3 siglos trayendo consigo cambios en todo el sistema político, cultural y económico de la sociedad occidental cuanto menos; los elementos que pasaron a ocupar el primer lugar fueron entonces el gobierno, las empresas y el mercado, la religión paso a ser el único aspecto del pasado que sobrevivió, como un vestigio podría decirse. De repente los modos y estrategias de producción habían invadido la totalidad de la vida moderna hasta llegar a ser lo que hoy se conoce como un materialismo cultural generalizado.

Ser integro en estos días se ha simplificado a dos conceptos: salud y éxito, un reduccionismo ontológico tan importante en la vida de las personas que de manera inevitablemente y de forma entrópica ha empezado a dar sus frutos en forma de una importante patología social que recién hoy por hoy comienza a preocupar a la humanidad, un desorden consecuente del desequilibrio físico, mental y espiritual reflejado en comportamientos nihilistas generalizados e incluso institucionalizados de la gente, que forman parte de un modelo vida superficial y sin sentido que como todas las cosas que pierden sus raíces, empiezan a desequilibrarse y a rasgar la fina membrana que separa el orden del caos. Este fenómeno contemporáneo no es teleológico y por lo tanto no es sostenible; en las páginas de la historia seguramente quedara grabado como una más de muchas catástrofes humanas, pero en esta ocasión la primera de carácter trascendental, una crisis espiritual que será el germen de las peores atrocidades en la lista de nuestros pecados, pero una de la que seguramente nuestra especie tras muchos años de sufrimiento y expiación resurgirá transformada y lista para continuar su arduo camino hacia la perfección de una raza.


jueves, 7 de marzo de 2019


El arte como instrumento de crítica y expresión política e ideológica, ¿dónde queda la belleza?

La Bienal, un evento exclusivo de la Ciudad de Cuenca, que por años fue la sede de exposición de obras artísticas de autores de todo el mundo que conseguían con distintas nociones de la estética, y con técnicas de lo más variopintas una expresión de sus ideas, percepciones y pensamientos enmarcados en la sensoemotividad irracional del romanticismo contemporáneo; impulsados por el ímpetu de la expresión muchas de estas obras buscaban revolucionar la forma de ver el arte, de la misma manera en que ha ido evolucionando desde el estilo clásico grecorromano, pasando por el impresionismo francés, hasta el legado abstracto conceptual de Picasso. Todas ellas etapas que en la mayoría de los casos han sido la consecuencia de importantes transformaciones sociales y formas de exponer a un mundo que piensa, siente y contempla de forma distinta.
El final del Quattrocento, un importante período en el panorama artístico europeo, conformado principalmente por pintores italianos tales como: Tiziano, Giotto, Leonardo da Vinci o Miguel Ángel fue el cierre de una etapa en la que la idealización de la belleza y la perfección de las formas humanas era el canon en la representación de pontífices, duques y reyes para inmortalizar su grandeza, así como la antropocentrizacion de la divinidad y las figuras míticas; en este contexto quien dio paso a una nueva concepción del arte recibiendo las peores criticas de sus contemporáneos fue Michelangelo Caravaggio quien dejando a un lado la idealización de las figuras humanas, opto por una representación más realista en sus retratos, introduciendo el oscurantismo y uno de los mejores usos de la luz en la pintura, para resaltar la intensidad de la realidad misma. Con esta maniobra se ganó el rechazo de la gente y de otros artistas de su época, por faltarle el respeto a las formas y las proporciones, pero en su lugar lego una importante transformación en el modo de apreciar el arte ya no como un reflejo de la perfección, sino como una extensión inmortal de la realidad.
Esta y otras múltiples transformaciones si bien fueron el espejo de una sociedad que evolucionaba hacia el renacimiento, seguían manteniendo una finalidad estética atravesada por ideas y emociones de quienes buscaban mostrar el mundo mediante el lente de sus recursos creativos. En la actualidad también se vive una transformación del arte, lo que conocemos como el arte contemporáneo, pero ¿es este fenómeno realmente una nueva evolución del arte? o simplemente es parte de una agenda política que tiene el fin exclusivo de convertir al arte en un instrumento al servicio de los paradigmas políticos e ideológicos contemporáneos. Recientemente hemos sido testigos de cómo importantes disciplinas y áreas de entretenimiento se han convertido en el medio ideal para dar a conocer las predilecciones de ideologías de género, partidos políticos y tendencias globales. Casos en los que series de televisión con un gran número de adeptos que han tratado de ser adaptadas a un determinado contexto sociopolítico actual, han recibido fuertes críticas y rechazo por parte de la gente (véase readaptación de la serie Thundercats).
El arte está atravesando por un fenómeno similar, y aunque por defecto esta es un medio para la expresión, no es el tipo de expresión artística la que ahora encarna, sino una expresión ideológica, más cognitiva y más teórica; un lienzo donde converge la transdisciplinariedad y se presta para exhibir historias y criticas sociales, tesis científicas y realidades cotidianas. La Bienal de Cuenca y el curso que ha tomado en los últimos años es el mejor ejemplo de este fenómeno, basta con remitirse a la tesis anual que presenta con un concepto distintivo en cada año. En el año 2017 el tema fue la “impermanencia” mientras que este año es “estructuras vivientes”, ambas formas de volver la experiencia artística más holística, más inclusiva y más presente; sin embargo, la realidad de las obras mismas es diferente.
Cuando se está en frente de las obras expuestas es común encontrarse ante un panorama de desconocimiento y desconcierto donde no sabemos porque tal objeto o figura está ahí y cuál es el sentido de dicha obra, mayor aun es el esfuerzo por descubrir desde que ángulo debemos pararnos para contemplar la gracia que hay en una u otra, la que claro suponemos que está presente. No es sino hasta leer la descripción del artista que entendemos cual es el motivo de lo que vemos, y el propósito de las extravagancias predispuestas ahí en un salón de forma extraña; el entendimiento se vuelve a su tiempo inevitable, pero es todo lo que hay, la contemplación del arte se vuelve un juicio que se desentraña por el entendimiento de conceptos relacionados a otras disciplinas, como si de la exposición de una teoría se tratase, la cual es expuesta por un maestro a sus alumnos, y estos a su vez deben tratar de entenderla haciendo uso de otros postulados y conceptos.
Una pintura de Paul Cézanne o Vicent van Gogh puede no ser comprensible a simple vista, sobre todo teniendo en cuenta que ambos artistas poseen un estilo impresionista, cuya orientación en la percepción es más una creación mental que una representación; pero quien contempla la obra al momento que entiende la técnica del autor y su forma de ver la realidad es capaz de percibir el sentido y el porqué de cada pincelada, de cada color y como conjugan una expresión artística que incluye sin desbalance una forma de belleza y un trasfondo socio cultural en perfecta sincronía. Las obras de la Bienal en su mayoría han dejado a un lado lo sutil, la armonía de las formas y la complejidad estructural, para dar paso a la creación de medios estéticos de transmisión de críticas, pensamientos e ideologías.
Interesantes descripciones, de obras que no dicen nada por sí mismas abundan, y al momento de entrelazar la descripción y la obra lo que el espectador percibe es un asunto o problemática de investigación expuesta por medios creativos que comprimen la significación de la cuestión en objetos o imágenes predispuestas de forma física o virtual que el espectador debe comprender. La evolución de la creatividad, el uso plástico y la tecnología con respecto al pasado es notoria pero al contemplar en las obras discursos como: “comentario metafórico y crítico sobre los códigos de la administración burocrática y sus lógicas de jerarquización”, y “critica a las políticas de identidad que predominan en el arte cubano” ambos introducciones a las descripciones de dos obras del autor cubano Yaima Carranza; o “problemáticas culturales relacionadas con representaciones de género y diferencia, lo kitsch y la cultura popular” de Jenny Jaramillo, nos hace pensar que estamos enfrente de trabajos de titulación, proyectos de investigación o segundos medios de promoción de ideas.
Tomemos como referencia por ejemplo la obra de la Ana Mazzei quien expone en una habitación dos estructuras de madera compuestas por varas y plataformas de diferentes tamaños unidas por pegamento y pernos, el resultado de estas estructuras parece no tener propósito o sentido alguno hasta leer su descripción. La autora intenta evocar las poses alusivas a episodios y posturas canónicas de la iconografía católica como la entrega, la anunciación o la piedad a partir de dichas estructuras de apoyo en las que se incita al público a participar en la escenificación de las posturas correspondientes, con el fin de amplificar la experiencia de lo sagrado extrapolándola de la esfera religiosa a la vida profana. El problema de esto es que no se especifican las posturas, solamente se insinúan con la disposición de las plataformas y salvo la postración el público no puede adivinar de que otras formas puede disponer su cuerpo en las estructuras, impidiendo que se lleve a cabo una “experiencia del cuerpo y la memoria” y la oportunidad de que el espectador sea parte de la obra y complete su sentido.
Sin embargo, más allá de que el medio para incluir al público a la obra no haya resultado del todo satisfactorio, el sentido de esta obra al ser perfomativo, es decir al significarse al momento en que la persona participa con la estructura, no termina por expresar realmente nada más allá de lo que el espectador-participante pueda intuir de su experiencia en relación con la esfera religiosa que intenta escenificar; por lo tanto la obra es mas a mi juicio, una pieza de iconografía religiosa que una obra de arte, más equiparable a un ensamblaje de los instrumentos de la eucaristía que a una pintura o una escultura, que tiene más bien una finalidad instructiva y educativa, que una finalidad expresiva o emotiva; la participación induce más al aprendizaje que al regocijo que produce el contacto con lo divino.
Nos encontramos a las puertas de una era en la que el conocimiento en un principio dividido por las ramas de la disciplinariedad, se unifica y da paso a una transdisciplinariedad y multidisciplinariedad; las tareas de filósofos que antes correspondían exclusivamente a filósofos, de científicos que correspondían exclusivamente a científicos, las de músicos exclusivamente a músicos, y las de artistas solo a artistas ahora entran en materia de dominio de ramas del conocimiento que por un medio u otro han llegado a pisar sus terrenos, la globalización y la era de la información son fenómenos que han desencadenado el desplome y reconstrucción de un sin número de planteamientos y teorías que casi siempre han sido necesarios para la edificación de campos del conocimiento más preparados para afrontar los problemas del mundo contemporáneo. No obstante, este proceso ha arrastrado consigo a quienes no debían moverse de su sitio, o por lo menos debían progresar más despacio y a su manera, en su propio territorio y no a un ritmo tan acelerado que deconstruya su sutil sentido de ser, y más aún si este ya no goza de exponentes que en siglos pasados levantaron momentos del arte en decadencia con su genialidad.
El arte está destinada y siempre lo ha estado a ser el medio de representación de las mayores y más importantes transformaciones sociales de la humanidad, pero esta que en una época fue llamada la labor de los mensajeros Dios, jamás puede desprenderse de la carga emotiva, misteriosa y contemplativa que siempre la ha caracterizado, para convertirse en una mera herramienta de lo lúdico en los trabajos académicos. Si el arte contemporáneo ha de llamarse digno sucesor del mismo arte que decora la capilla Sixtina, se le deberá tomar en serio, transformar y mejorar su legado, haciendo de ella a quienes les mueve la pasión por su trabajo, un estilo de vida y no una casilla de muchas otras en una agenda de eventos académicos.

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