La modernidad en el Ecuador: una isla de realidades en un océano de otras
Ese término, hoy en boca de todos que es lo moderno, lo actual, lo vanguardista y en general todo lo que representa el salto hacia una nueva era, ha ocupado un peldaño importante en la escalera hacia la globalización, el desarrollo y la evolución de nuestra sociedad en este siglo XXI. Hace ya más de dos siglos que la humanidad vio nacer la era industrial y con ella un concepto de modernidad naciente que vendría a convertirse en el punto de referencia del crecimiento de las sociedades con un modelo moderno ¨exitoso¨ occidental, un punto de referencia donde esas grandes ciudades que fueron testigos de los más importantes avances y descubrimientos, han sido y son hasta hoy el paradigma del desarrollo a nivel mundial. Términos como el subdesarrollo, el tercermundismo, la marginalidad cobran un sentido importante en la delimitación de un crecimiento adecuado para las ciudades en cualquier parte, siendo este desarrollo una idea importada que trata de hacerse espacio con todas las dificultades que un planteamiento teórico unilineal trae consigo.
Ecuador al igual que otros países de Latinoamérica ha experimentado numerosos procesos de crecimiento, desarrollo y urbanización, pero es precisamente en ese contexto en donde se encuentra una realidad que resulta contradictoria a una sociedad que se llama a si misma moderna, o en vías de modernización. Son pocos y contados los paisajes que denotan las características de una modernidad tal y como la reconocemos en el modelo social occidental, generalmente vinculados a las grandes urbes y los espacios de acceso y preferencia internacional; sin embargo, una gran parte y la mayor extensión de la población ecuatoriana ocupa territorios que podría decirse se encuentran “congelados en el tiempo”, segmentos territoriales distribuidos a lo largo de todas las ciudades y fuera de ellas muestran una vida que haciendo a un lado las semillas de la globalización, podrían fácilmente compararse a una sociedad básica tradicional de la era preindustrial.
La vida en el pueblo e incluso en muchas partes de la ciudad se ha adaptado de manera que incorpora elementos de la tecnología y el mundo moderno, sin alterar una estructura sencilla, básica y basada en el intercambio, la reciprocidad, la agricultura y la ganadería. Las más grandes ciudades de nuestro país a pesar de tener una estructura moderna y organizada en su mayoría, siguen prosperando en ella modos de vida pretéritos en los intersticios de todo el ecosistema urbano, es decir el funcionamiento de la vida cotidiana es diferente a la denominación territorial y las caracterizaciones de urbano o rural. Pensemos por un momento en los cultivos y modalidades de agricultura urbana que ciertas familias incorporan a su modo de vida “moderno”; estos modos son una extrapolación de la vida rural a la vida urbana, un elemento del habito campo que prevalece y se hibrida con la tecnología y los modos de ser en la ciudad, el continuum folk urbano de Osar Lewis.
La ciudad se vuelve de esta manera un escenario barroco por los matices tan diversos que presenta y que al igual que un organismo vivo coexisten y se adaptan para funcionar como un todo orgánico, un sistema que no termina de evolucionar ni a un lado ni quedarse en el otro, un organismo en todo el sentido de la palabra, uno al cual es difícil comprender del todo si no se está en el presente de esta realidad en cuestión; así pues es preciso estar ahí para darse cuenta de la mixtura de la vida cotidiana moderna en el Ecuador. El presente evoca detalles que muchas veces se salen de los esquemas que cualquier investigador o estudioso de la modernidad da por sentado en la realidad, detalles y características que cobran sentido una vez seleccionados y evaluados los marcos teóricos en el contexto de la realidad vivida.
Santa Rita, una localidad rural de San Lorenzo en la provincia de Esmeraldas es un lugar peculiar de agricultores y comerciantes ubicado entre un amplio rio y la selva, las viviendas están construidas con madera y caña guadua en su mayoría, con una estética muy práctica y sencilla; el modo de vida aquí transcurre podría decirse (sin temor a equivocarme) como un auténtico poblado medieval en el que la gente convive en comunidad y poco les afecta lo que suceda en el mundo exterior, pues si bien aspectos como la electricidad, el alcantarillado o los televisores están presentes en algunas casas son eso que desentona con toda una estética y una cotidianidad rudimentaria desde que empieza hasta que termina el día. No parecen necesitar más ni ambicionar algo que no tengan, aun las nuevas generaciones parecen contentas con lo que poseen y toda la comunidad tiene vistas a prosperar por muchas generaciones más, la pregunta sin embargo es, hasta qué punto podrá Santa Rita y otros tantos pueblos congelados en el tiempo resistir el esparcimiento y la urbanización que cada día se extienden a pasos agigantados.
Se podría decir que muchos lugares de este país ofrecen una resistencia al cambio, a la transformación, pero sobretodo una resistencia a perder la seguridad en todo sentido puesto que la venida de implementaciones trae consigo muchas veces giros abruptos en el modo de vida de las personas, sus hábitos y cotidianidades. La forma en que seguramente veremos la evolución de nuestras sociedades en estos espacios resguardados vendrá no de la forma en que las grandes compañías, agencias u organismos esperan, es decir una superposición de toda una capa de elementos sobre otros; ello sin duda se intentará y traerá consigo no pocos conflictos a la hora de traer el desarrollo. Lo que veremos con más seguridad es una evolución muy paulatina y desacelerada de inclusión de esos elementos que tarde o temprano tendrán un lugar en toda la sociedad; estas localidades irán aceptando objeto por objeto, tecnología por tecnología en periodos largos de tiempo, de manera que conformen una especie de hibridación de sociedad rudimentaria y moderna, como si se tratase de un organismo vivo que gradualmente incorpora a su cuerpo partes mecánicas, poco a poco y seleccionadas cuidadosamente. Esta hibridación de la vida moderna y rustica es un fenómeno que ya está sucediendo, pero que las personas no son totalmente conscientes de esta realidad porque ven e incorporan de forma natural tecnologías e implementaciones a su forma de vida, esto se normaliza a una escala comunitaria y permanece por un tiempo hasta seguir con el siguiente elemento.
Inclusive es común encontrar que ciertas poblaciones son renuentes a aceptar grandes cambios aun sabiendo que los necesitan y que representan un bien mayor para su gente, sin embargo incorporan sin darse cuenta micro cambios o micro tecnologías que aun sin ser algo estrictamente útil (la mayoría de las veces tecnologías relacionadas al entretenimiento) terminan por encajar fácilmente, por adherirse y esparcirse como la hiedra en los arboles hasta quedar plenamente fijadas en la vida de la sociedad. Es así que atravesamos profundos cambios que llegan y se instalan en núcleos de la sociedad desarrollados que funcionan como puntos de irradiación a las periferias, islas de modernización que consiguen sin lograrlo del todo, acelerar un progreso gradual en la consecución de las etapas de la globalización en el país. Sin embargo, muchas comunidades y grupos indígenas de la amazonia han denotado importantes cambios en sus modos de vida, por esfuerzos venidos desde hace ya tiempo por incorporarlos a la sociedad moderna, son un ejemplo claro muy por encima de si resultaron necesarios o por otra parte perjudiciales. Sea como sea que se vaya pintando el panorama de la evolución hacia la modernidad en nuestra sociedad, queda en el aire la incertidumbre de saber si esta hibridación de sociedad moderna y rudimentaria tomara forma en algún momento, o seguirá en el juego de la preservación contra el cambio.