El arte como instrumento de crítica y expresión
política e ideológica, ¿dónde queda la belleza?
La
Bienal, un evento exclusivo de la Ciudad de Cuenca, que por años fue la sede de
exposición de obras artísticas de autores de todo el mundo que conseguían con
distintas nociones de la estética, y con técnicas de lo más variopintas una
expresión de sus ideas, percepciones y pensamientos enmarcados en la
sensoemotividad irracional del romanticismo contemporáneo; impulsados por el
ímpetu de la expresión muchas de estas obras buscaban revolucionar la forma de
ver el arte, de la misma manera en que ha ido evolucionando desde el estilo
clásico grecorromano, pasando por el impresionismo francés, hasta el legado
abstracto conceptual de Picasso. Todas ellas etapas que en la mayoría de los
casos han sido la consecuencia de importantes transformaciones sociales y formas
de exponer a un mundo que piensa, siente y contempla de forma distinta.
El
final del Quattrocento, un importante período en el panorama artístico europeo,
conformado principalmente por pintores italianos tales como: Tiziano, Giotto,
Leonardo da Vinci o Miguel Ángel fue el cierre de una etapa en la que la
idealización de la belleza y la perfección de las formas humanas era el canon
en la representación de pontífices, duques y reyes para inmortalizar su
grandeza, así como la antropocentrizacion de la divinidad y las figuras míticas;
en este contexto quien dio paso a una nueva concepción del arte recibiendo las
peores criticas de sus contemporáneos fue Michelangelo Caravaggio quien dejando
a un lado la idealización de las figuras humanas, opto por una representación
más realista en sus retratos, introduciendo el oscurantismo y uno de los
mejores usos de la luz en la pintura, para resaltar la intensidad de la
realidad misma. Con esta maniobra se ganó el rechazo de la gente y de otros
artistas de su época, por faltarle el respeto a las formas y las proporciones,
pero en su lugar lego una importante transformación en el modo de apreciar el
arte ya no como un reflejo de la perfección, sino como una extensión inmortal
de la realidad.
Esta
y otras múltiples transformaciones si bien fueron el espejo de una sociedad que
evolucionaba hacia el renacimiento, seguían manteniendo una finalidad estética
atravesada por ideas y emociones de quienes buscaban mostrar el mundo mediante
el lente de sus recursos creativos. En la actualidad también se vive una
transformación del arte, lo que conocemos como el arte contemporáneo, pero ¿es
este fenómeno realmente una nueva evolución del arte? o simplemente es parte de
una agenda política que tiene el fin exclusivo de convertir al arte en un
instrumento al servicio de los paradigmas políticos e ideológicos contemporáneos.
Recientemente hemos sido testigos de cómo importantes disciplinas y áreas de
entretenimiento se han convertido en el medio ideal para dar a conocer las
predilecciones de ideologías de género, partidos políticos y tendencias
globales. Casos en los que series de televisión con un gran número de adeptos
que han tratado de ser adaptadas a un determinado contexto sociopolítico
actual, han recibido fuertes críticas y rechazo por parte de la gente (véase
readaptación de la serie Thundercats).
El
arte está atravesando por un fenómeno similar, y aunque por defecto esta es un
medio para la expresión, no es el tipo de expresión artística la que ahora
encarna, sino una expresión ideológica, más cognitiva y más teórica; un lienzo
donde converge la transdisciplinariedad y se presta para exhibir historias y
criticas sociales, tesis científicas y realidades cotidianas. La Bienal de
Cuenca y el curso que ha tomado en los últimos años es el mejor ejemplo de este
fenómeno, basta con remitirse a la tesis anual que presenta con un concepto
distintivo en cada año. En el año 2017 el tema fue la “impermanencia” mientras
que este año es “estructuras vivientes”, ambas formas de volver la experiencia
artística más holística, más inclusiva y más presente; sin embargo, la realidad
de las obras mismas es diferente.
Cuando
se está en frente de las obras expuestas es común encontrarse ante un panorama
de desconocimiento y desconcierto donde no sabemos porque tal objeto o figura
está ahí y cuál es el sentido de dicha obra, mayor aun es el esfuerzo por
descubrir desde que ángulo debemos pararnos para contemplar la gracia que hay
en una u otra, la que claro suponemos que está presente. No es sino hasta leer
la descripción del artista que entendemos cual es el motivo de lo que vemos, y
el propósito de las extravagancias predispuestas ahí en un salón de forma
extraña; el entendimiento se vuelve a su tiempo inevitable, pero es todo lo que
hay, la contemplación del arte se vuelve un juicio que se desentraña por el
entendimiento de conceptos relacionados a otras disciplinas, como si de la
exposición de una teoría se tratase, la cual es expuesta por un maestro a sus
alumnos, y estos a su vez deben tratar de entenderla haciendo uso de otros
postulados y conceptos.
Una
pintura de Paul Cézanne o Vicent van Gogh puede no ser comprensible a simple
vista, sobre todo teniendo en cuenta que ambos artistas poseen un estilo
impresionista, cuya orientación en la percepción es más una creación mental que
una representación; pero quien contempla la obra al momento que entiende la
técnica del autor y su forma de ver la realidad es capaz de percibir el sentido
y el porqué de cada pincelada, de cada color y como conjugan una expresión
artística que incluye sin desbalance una forma de belleza y un trasfondo socio
cultural en perfecta sincronía. Las obras de la Bienal en su mayoría han dejado
a un lado lo sutil, la armonía de las formas y la complejidad estructural, para
dar paso a la creación de medios estéticos de transmisión de críticas,
pensamientos e ideologías.
Interesantes
descripciones, de obras que no dicen nada por sí mismas abundan, y al momento
de entrelazar la descripción y la obra lo que el espectador percibe es un
asunto o problemática de investigación expuesta por medios creativos que
comprimen la significación de la cuestión en objetos o imágenes predispuestas
de forma física o virtual que el espectador debe comprender. La evolución de la
creatividad, el uso plástico y la tecnología con respecto al pasado es notoria
pero al contemplar en las obras discursos como: “comentario metafórico y
crítico sobre los códigos de la administración burocrática y sus lógicas de
jerarquización”, y “critica a las políticas de identidad que predominan en el
arte cubano” ambos introducciones a las descripciones de dos obras del autor
cubano Yaima Carranza; o “problemáticas culturales relacionadas con
representaciones de género y diferencia, lo kitsch y la cultura popular” de
Jenny Jaramillo, nos hace pensar que estamos enfrente de trabajos de
titulación, proyectos de investigación o segundos medios de promoción de ideas.
Tomemos
como referencia por ejemplo la obra de la Ana Mazzei quien expone en una
habitación dos estructuras de madera compuestas por varas y plataformas de
diferentes tamaños unidas por pegamento y pernos, el resultado de estas
estructuras parece no tener propósito o sentido alguno hasta leer su
descripción. La autora intenta evocar las poses alusivas a episodios y posturas
canónicas de la iconografía católica como la entrega, la anunciación o la
piedad a partir de dichas estructuras de apoyo en las que se incita al público
a participar en la escenificación de las posturas correspondientes, con el fin
de amplificar la experiencia de lo sagrado extrapolándola de la esfera
religiosa a la vida profana. El problema de esto es que no se especifican las
posturas, solamente se insinúan con la disposición de las plataformas y salvo
la postración el público no puede adivinar de que otras formas puede disponer
su cuerpo en las estructuras, impidiendo que se lleve a cabo una “experiencia
del cuerpo y la memoria” y la oportunidad de que el espectador sea parte de la
obra y complete su sentido.
Sin
embargo, más allá de que el medio para incluir al público a la obra no haya
resultado del todo satisfactorio, el sentido de esta obra al ser perfomativo,
es decir al significarse al momento en que la persona participa con la
estructura, no termina por expresar realmente nada más allá de lo que el
espectador-participante pueda intuir de su experiencia en relación con la
esfera religiosa que intenta escenificar; por lo tanto la obra es mas a mi
juicio, una pieza de iconografía religiosa que una obra de arte, más equiparable
a un ensamblaje de los instrumentos de la eucaristía que a una pintura o una
escultura, que tiene más bien una finalidad instructiva y educativa, que una
finalidad expresiva o emotiva; la participación induce más al aprendizaje que al
regocijo que produce el contacto con lo divino.
Nos
encontramos a las puertas de una era en la que el conocimiento en un principio
dividido por las ramas de la disciplinariedad, se unifica y da paso a una
transdisciplinariedad y multidisciplinariedad; las tareas de filósofos que
antes correspondían exclusivamente a filósofos, de científicos que correspondían
exclusivamente a científicos, las de músicos exclusivamente a músicos, y las de
artistas solo a artistas ahora entran en materia de dominio de ramas del
conocimiento que por un medio u otro han llegado a pisar sus terrenos, la
globalización y la era de la información son fenómenos que han desencadenado el
desplome y reconstrucción de un sin número de planteamientos y teorías que casi
siempre han sido necesarios para la edificación de campos del conocimiento más
preparados para afrontar los problemas del mundo contemporáneo. No obstante,
este proceso ha arrastrado consigo a quienes no debían moverse de su sitio, o
por lo menos debían progresar más despacio y a su manera, en su propio
territorio y no a un ritmo tan acelerado que deconstruya su sutil sentido de
ser, y más aún si este ya no goza de exponentes que en siglos pasados
levantaron momentos del arte en decadencia con su genialidad.
El
arte está destinada y siempre lo ha estado a ser el medio de representación de
las mayores y más importantes transformaciones sociales de la humanidad, pero
esta que en una época fue llamada la labor de los mensajeros Dios, jamás puede
desprenderse de la carga emotiva, misteriosa y contemplativa que siempre la ha
caracterizado, para convertirse en una mera herramienta de lo lúdico en los
trabajos académicos. Si el arte contemporáneo ha de llamarse digno sucesor del
mismo arte que decora la capilla Sixtina, se le deberá tomar en serio, transformar
y mejorar su legado, haciendo de ella a quienes les mueve la pasión por su
trabajo, un estilo de vida y no una casilla de muchas otras en una agenda de
eventos académicos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario