jueves, 7 de marzo de 2019


El arte como instrumento de crítica y expresión política e ideológica, ¿dónde queda la belleza?

La Bienal, un evento exclusivo de la Ciudad de Cuenca, que por años fue la sede de exposición de obras artísticas de autores de todo el mundo que conseguían con distintas nociones de la estética, y con técnicas de lo más variopintas una expresión de sus ideas, percepciones y pensamientos enmarcados en la sensoemotividad irracional del romanticismo contemporáneo; impulsados por el ímpetu de la expresión muchas de estas obras buscaban revolucionar la forma de ver el arte, de la misma manera en que ha ido evolucionando desde el estilo clásico grecorromano, pasando por el impresionismo francés, hasta el legado abstracto conceptual de Picasso. Todas ellas etapas que en la mayoría de los casos han sido la consecuencia de importantes transformaciones sociales y formas de exponer a un mundo que piensa, siente y contempla de forma distinta.
El final del Quattrocento, un importante período en el panorama artístico europeo, conformado principalmente por pintores italianos tales como: Tiziano, Giotto, Leonardo da Vinci o Miguel Ángel fue el cierre de una etapa en la que la idealización de la belleza y la perfección de las formas humanas era el canon en la representación de pontífices, duques y reyes para inmortalizar su grandeza, así como la antropocentrizacion de la divinidad y las figuras míticas; en este contexto quien dio paso a una nueva concepción del arte recibiendo las peores criticas de sus contemporáneos fue Michelangelo Caravaggio quien dejando a un lado la idealización de las figuras humanas, opto por una representación más realista en sus retratos, introduciendo el oscurantismo y uno de los mejores usos de la luz en la pintura, para resaltar la intensidad de la realidad misma. Con esta maniobra se ganó el rechazo de la gente y de otros artistas de su época, por faltarle el respeto a las formas y las proporciones, pero en su lugar lego una importante transformación en el modo de apreciar el arte ya no como un reflejo de la perfección, sino como una extensión inmortal de la realidad.
Esta y otras múltiples transformaciones si bien fueron el espejo de una sociedad que evolucionaba hacia el renacimiento, seguían manteniendo una finalidad estética atravesada por ideas y emociones de quienes buscaban mostrar el mundo mediante el lente de sus recursos creativos. En la actualidad también se vive una transformación del arte, lo que conocemos como el arte contemporáneo, pero ¿es este fenómeno realmente una nueva evolución del arte? o simplemente es parte de una agenda política que tiene el fin exclusivo de convertir al arte en un instrumento al servicio de los paradigmas políticos e ideológicos contemporáneos. Recientemente hemos sido testigos de cómo importantes disciplinas y áreas de entretenimiento se han convertido en el medio ideal para dar a conocer las predilecciones de ideologías de género, partidos políticos y tendencias globales. Casos en los que series de televisión con un gran número de adeptos que han tratado de ser adaptadas a un determinado contexto sociopolítico actual, han recibido fuertes críticas y rechazo por parte de la gente (véase readaptación de la serie Thundercats).
El arte está atravesando por un fenómeno similar, y aunque por defecto esta es un medio para la expresión, no es el tipo de expresión artística la que ahora encarna, sino una expresión ideológica, más cognitiva y más teórica; un lienzo donde converge la transdisciplinariedad y se presta para exhibir historias y criticas sociales, tesis científicas y realidades cotidianas. La Bienal de Cuenca y el curso que ha tomado en los últimos años es el mejor ejemplo de este fenómeno, basta con remitirse a la tesis anual que presenta con un concepto distintivo en cada año. En el año 2017 el tema fue la “impermanencia” mientras que este año es “estructuras vivientes”, ambas formas de volver la experiencia artística más holística, más inclusiva y más presente; sin embargo, la realidad de las obras mismas es diferente.
Cuando se está en frente de las obras expuestas es común encontrarse ante un panorama de desconocimiento y desconcierto donde no sabemos porque tal objeto o figura está ahí y cuál es el sentido de dicha obra, mayor aun es el esfuerzo por descubrir desde que ángulo debemos pararnos para contemplar la gracia que hay en una u otra, la que claro suponemos que está presente. No es sino hasta leer la descripción del artista que entendemos cual es el motivo de lo que vemos, y el propósito de las extravagancias predispuestas ahí en un salón de forma extraña; el entendimiento se vuelve a su tiempo inevitable, pero es todo lo que hay, la contemplación del arte se vuelve un juicio que se desentraña por el entendimiento de conceptos relacionados a otras disciplinas, como si de la exposición de una teoría se tratase, la cual es expuesta por un maestro a sus alumnos, y estos a su vez deben tratar de entenderla haciendo uso de otros postulados y conceptos.
Una pintura de Paul Cézanne o Vicent van Gogh puede no ser comprensible a simple vista, sobre todo teniendo en cuenta que ambos artistas poseen un estilo impresionista, cuya orientación en la percepción es más una creación mental que una representación; pero quien contempla la obra al momento que entiende la técnica del autor y su forma de ver la realidad es capaz de percibir el sentido y el porqué de cada pincelada, de cada color y como conjugan una expresión artística que incluye sin desbalance una forma de belleza y un trasfondo socio cultural en perfecta sincronía. Las obras de la Bienal en su mayoría han dejado a un lado lo sutil, la armonía de las formas y la complejidad estructural, para dar paso a la creación de medios estéticos de transmisión de críticas, pensamientos e ideologías.
Interesantes descripciones, de obras que no dicen nada por sí mismas abundan, y al momento de entrelazar la descripción y la obra lo que el espectador percibe es un asunto o problemática de investigación expuesta por medios creativos que comprimen la significación de la cuestión en objetos o imágenes predispuestas de forma física o virtual que el espectador debe comprender. La evolución de la creatividad, el uso plástico y la tecnología con respecto al pasado es notoria pero al contemplar en las obras discursos como: “comentario metafórico y crítico sobre los códigos de la administración burocrática y sus lógicas de jerarquización”, y “critica a las políticas de identidad que predominan en el arte cubano” ambos introducciones a las descripciones de dos obras del autor cubano Yaima Carranza; o “problemáticas culturales relacionadas con representaciones de género y diferencia, lo kitsch y la cultura popular” de Jenny Jaramillo, nos hace pensar que estamos enfrente de trabajos de titulación, proyectos de investigación o segundos medios de promoción de ideas.
Tomemos como referencia por ejemplo la obra de la Ana Mazzei quien expone en una habitación dos estructuras de madera compuestas por varas y plataformas de diferentes tamaños unidas por pegamento y pernos, el resultado de estas estructuras parece no tener propósito o sentido alguno hasta leer su descripción. La autora intenta evocar las poses alusivas a episodios y posturas canónicas de la iconografía católica como la entrega, la anunciación o la piedad a partir de dichas estructuras de apoyo en las que se incita al público a participar en la escenificación de las posturas correspondientes, con el fin de amplificar la experiencia de lo sagrado extrapolándola de la esfera religiosa a la vida profana. El problema de esto es que no se especifican las posturas, solamente se insinúan con la disposición de las plataformas y salvo la postración el público no puede adivinar de que otras formas puede disponer su cuerpo en las estructuras, impidiendo que se lleve a cabo una “experiencia del cuerpo y la memoria” y la oportunidad de que el espectador sea parte de la obra y complete su sentido.
Sin embargo, más allá de que el medio para incluir al público a la obra no haya resultado del todo satisfactorio, el sentido de esta obra al ser perfomativo, es decir al significarse al momento en que la persona participa con la estructura, no termina por expresar realmente nada más allá de lo que el espectador-participante pueda intuir de su experiencia en relación con la esfera religiosa que intenta escenificar; por lo tanto la obra es mas a mi juicio, una pieza de iconografía religiosa que una obra de arte, más equiparable a un ensamblaje de los instrumentos de la eucaristía que a una pintura o una escultura, que tiene más bien una finalidad instructiva y educativa, que una finalidad expresiva o emotiva; la participación induce más al aprendizaje que al regocijo que produce el contacto con lo divino.
Nos encontramos a las puertas de una era en la que el conocimiento en un principio dividido por las ramas de la disciplinariedad, se unifica y da paso a una transdisciplinariedad y multidisciplinariedad; las tareas de filósofos que antes correspondían exclusivamente a filósofos, de científicos que correspondían exclusivamente a científicos, las de músicos exclusivamente a músicos, y las de artistas solo a artistas ahora entran en materia de dominio de ramas del conocimiento que por un medio u otro han llegado a pisar sus terrenos, la globalización y la era de la información son fenómenos que han desencadenado el desplome y reconstrucción de un sin número de planteamientos y teorías que casi siempre han sido necesarios para la edificación de campos del conocimiento más preparados para afrontar los problemas del mundo contemporáneo. No obstante, este proceso ha arrastrado consigo a quienes no debían moverse de su sitio, o por lo menos debían progresar más despacio y a su manera, en su propio territorio y no a un ritmo tan acelerado que deconstruya su sutil sentido de ser, y más aún si este ya no goza de exponentes que en siglos pasados levantaron momentos del arte en decadencia con su genialidad.
El arte está destinada y siempre lo ha estado a ser el medio de representación de las mayores y más importantes transformaciones sociales de la humanidad, pero esta que en una época fue llamada la labor de los mensajeros Dios, jamás puede desprenderse de la carga emotiva, misteriosa y contemplativa que siempre la ha caracterizado, para convertirse en una mera herramienta de lo lúdico en los trabajos académicos. Si el arte contemporáneo ha de llamarse digno sucesor del mismo arte que decora la capilla Sixtina, se le deberá tomar en serio, transformar y mejorar su legado, haciendo de ella a quienes les mueve la pasión por su trabajo, un estilo de vida y no una casilla de muchas otras en una agenda de eventos académicos.

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