martes, 13 de abril de 2021

La paradoja de la evolución en el nuevo milenio

No hace mucho fuimos testigos como raza de profundas e importantes transformaciones a nivel social, ideológico, pero sobretodo tecnológico; cambios que marcaron un antes y un después en el ritmo progresivo de nuestro crecimiento como especie, con ello me refiero a la revolución industrial, un fenómeno que redefiniría para siempre nuestro modo de hacer y construir una sociedad cada vez más moderna. Con el advenimiento de esta nueva era, el mundo se hallaba ya en una etapa madura de antropocentrismo y eurocentrismo, es decir el hombre se erguía como pilar de todas las cosas, había superado las ataduras de la religión y la monarquía para acercarse a un modelo de civilización diferente y más ¨perfecto¨. Entonces nos dedicamos a desarrollar las ramas del conocimiento, a expandir las disciplinas y sus campos de aplicación, a crear más y mayores instituciones para lidiar con sociedades cada vez más complejas; en suma, a hacer aquello que en un principio creímos que nos llevaría a ser mejores como especie, y en cierta forma lo hemos logrado, a ser más sofisticados, pero no mejores como especie. No hemos suprimido la barbarie, al contrario, si la civilización de ayer la controlaba, la de hoy la ha dejado en libertad, porque hoy como nunca somos más diestros en perfeccionar la barbarie, y no solo eso, sino expandirla y comercializarla.

El siglo XX considerado como una de las épocas más oscuras y sangrientas en la historia de la humanidad, fue un punto de quiebre en el supuesto ascenso a la perfección de nuestro modelo civilizatorio que se estaba gestando ya un par de siglos; fue el momento en el que nos dimos cuenta que algo en la formula evolutiva estaba fallando al traer al frente y de forma sistemática el empeño del conocimiento y la tecnología, (en suma aquello a lo que nos habíamos aferrado por considerar una evidencia de que estábamos avanzando por el camino a convertirnos en una especie superior), para causar destrucción como nunca antes la habíamos hecho. Las nuevas estrategias, herramientas y complejidades sociales se habían derrumbado o más bien dicho se habían vuelto en nuestra contra, para en poco más de tres décadas, despojarnos de una humanidad que consideramos había crecido notablemente. Desde el comienzo de la primera hasta el final de la segunda guerra mundial nos convertimos no en otra cosa que en salvajes sofisticados.

Lo que sucedió después fue un periodo de reacomodación, de preguntas e intentos de volver todo a la normalidad, pero finalmente habíamos abierto los ojos y dado cuenta de que, habíamos perdido nuestras raíces y desechado respuestas que con tanto ahínco había conseguido responder la humanidad sobre nuestro origen, propósito y razón de estar en el mundo; pilares elementales entretejidos desde la filosofía, la religión y la memoria ahora nos habían abandonado pero el hombre aun no noto su ausencia sino hasta principios de este siglo donde el re surgimiento de una sensoemotividad irracional aparentemente injustificada plantea al mundo importantes preguntas sobre lo que hemos hecho con nuestro pasado y por consiguiente lo que nos espera en el futuro.

El advenimiento repentino de sociedades en caos que no entendíamos trajo consigo una incertidumbre generalizada sobre nuestro estado como personas, sobre nuestras orientaciones y hacia donde nos había llevado todo aquello que ahora formaba parte de ese bagaje tecnológico desarrollado que poseemos y esgrimimos con tanta soberbia. ¿Cuál era realmente el lugar al que habíamos llegado como seres conscientes después de más de seis mil años de civilización?; ¿realmente habíamos cambiado respecto de las antiguas civilizaciones y sus sofisticados y rústicos sistemas tiránicos de gobierno?, o solamente habíamos recubierto elegantemente todo ese conjunto de cosas que nos acercan más al mundo de la naturaleza que de la cultura.

La respuesta es ambigua en ese sentido, pues en parte durante milenios desarrollamos métodos para colectivizar el buen comportamiento, la vida honorable y una serie de virtudes que dicho de la mejor forma fueron los pilares reales de nuestra civilización; esos principios que estuvieron a nuestro lado todo el tiempo para discernir el bien del mal, lo correcto de lo incorrecto, lo puro de lo impuro, son elementos que a la humanidad le tomo un tiempo extremadamente amplio seleccionar y perfeccionar para hacer las veces de un mentor en nuestro camino hacia la evolución que estábamos predestinados a concretar.

¿De qué manera se destruyen bases tan fuertes de una edificación tan inmensa que toca el cielo y aun así permanece en pie?, ¿de qué manera se mira loable arrancar las raíces de un árbol colosal que ha erguido sus ramas, hojas y florido muy alto y de la misma manera sigue en pie?, como si de una mera fachada o superficie se tratase, totalmente incoherente a la lógica de la vida y de las leyes del mundo en sí. Pues este fenómeno es la mejor forma que tengo de representar nuestra civilización, como un proyecto enorme que crece constantemente, se rediseña, se actualiza, pero el cual en una etapa importante de su avance ha conseguido erradicar los objetivos principales que dieron motivo a su creación, convirtiéndose de esta manera en un gigante a la deriva, desanclado de su lugar de origen, despojado de su historia, que ahora busca sin éxito un sentido que darle a todo ese volumen.

¿Cuál es entonces el sentido que adquiere nuestra sociedad en manos de la globalización ante un panorama sin memoria?, ¿es acaso la de un crecimiento sin sentido que inevitablemente, y lo hemos visto incontables veces, recae en profundas heridas a los derechos humanos, la dignidad, la insostenibilidad y la expansión desmesurada? El capitalismo de hoy es un complejo sistema muy bien perfeccionado para hacer funcionar agrupaciones humanas tan extensas en forma de naciones y articular de manera sistemática un crecimiento que, si bien no es el más amable que hubiésemos esperado, ha demostrado ser un elemento al menos competente a la hora de hacer que todo tenga cierta coherencia.

Sin embargo el verdadero problema no es el sistema de organización política y social que prevalece ahora, que finalmente es una adaptación y perfeccionamiento de todos esos mecanismos de progreso que la civilización ha experimentado durante milenios; el verdadero problema yace en los intentos de re-edificar conceptos, modos de pensar y de vivir sobre lo que somos, vanguardias que han surgido en estos tiempos que pretenden desmoronar toda esa historia que nos respalda como seres humanos, desprendimiento que comenzó tímidamente hace ya un par de siglos pero que ahora tiene un importante espacio en prácticamente todos los ámbitos de la vida moderna. El progresismo, el socialismo, el feminismo, son conceptos que ahora en el siglo XXI tienen mucha importancia y son los engendros de algo que comenzó con pequeños cuestionamientos sobre lo que habíamos hecho y daría la bienvenida a la era del antropocentrismo allá por el siglo XIX.

Las transformaciones y los cambios que han marcado importantes fases en el desarrollo de nuestra civilización fueron movimientos clave de individuos que pensaron distinto y nos llevaron a cuestionamientos, e incluso actos despreciables frente a esos cambios, pero que finalmente terminaron por encajar y ser necesarios para una evolución autentica. Podría decir sin temor a equivocarme que la última gran transformación que hizo bien al hombre en términos de repensarse a sí mismo y lo que es, fue el renacimiento; una era de ciencia, arte y sensibilidades que aun a día de hoy tiene influjo en muchos ámbitos de la vida intelectual y artística.

Pero no puedo decir lo mismo de todas las transformaciones que llegaron después en materia de pensamiento, sobre todo las más recientes, pues cruzaron la frontera y fueron aún más allá de los roles que habíamos desempeñado durante toda nuestra historia, rompiendo los esquemas más básicos de nuestra moral social, los grandes ideales, las virtudes, y todos los principios sobre los que habíamos edificado el concepto de ser persona. Entonces llegó ese punto de quiebre, y no fue sino hasta ese entonces y todo lo que vendría luego, que entendimos que algo habíamos hecho mal, que el modo de hacer sociedad que habíamos adoptado y del cual estábamos orgullosos, más aún por ir a la par con los más importantes avances en materia de tecnología, medicina, química o física; cegó por completo el empobrecido desarrollo humano que estábamos gestando.

Las secuelas del siglo XX nos colocan en un siglo XXI de enormes incertidumbres sobre muy pocas certezas, nos encontramos sobre los escombros del pasado tanteando y experimentando cosas nuevas, que, en realidad, dicho de mejor forma son cosas que habíamos olvidado. El nuevo milenio es el de una civilización que ha vuelto al principio, que ha olvidado su pasado y está condenado a repetirlo, a verlo cuecerse una vez más para refrescar la amnesia que nos agobia cada vez más implacablemente. Como consecuencia de ello tenemos en frente una sociedad en crecimiento empobrecida, un desarrollo sin límites, un progreso desenfrenado sin principios que ha terminado por cavar profundos agujeros de los que se desprenden los principales conflictos en los que se ocupa la geopolítica internacional.

El elemento crítico al que me refiero por sobretodo, uno despreciado enormemente y cada vez más desvalorizado, del cual nos hemos desprendido gradualmente y a un ritmo acelerado es la religión. Ese tirano al cual cada vez más tildan de ridículo e innecesario, institución que creen comprender y se ven en el derecho o autoridad de desechar no solo para ellos mismos y sus vidas, sino para todo el resto de la sociedad. La actitud contemporánea no solo respecto a la religión sino también a las tradiciones y la memoria histórica se está volviendo en general cada vez más paupérrima y decadente, puesto que la atmosfera que envuelve la modernidad ha creado un curioso modelo de ciudadano contemporáneo totalmente dependiente de la vida externa, una suerte de autómata impulsado por estímulos convencionales que dependen y descansan en el materialismo institucionalizado y su sistema de motivaciones ligeras con recompensa inmediata. La falta de auténticos propósitos, motivaciones personales profundas con importantes significados que trasciendan la vida convencional, la dificultad de alcanzar e identificar un sentido de pertenencia ya sea propio o externo, o la indiferencia colectiva en aumento por solventar las preguntas que el hombre se ha planteado desde que tiene consciencia, son claros síntomas de una sociedad sin principios, y de personas cada vez más reacias a forjar existencias complejas.

La existencia teleológica de personalidades en constante conflicto y cuestionamiento interno parece verse como un estilo de vida pesado y sin sentido para los contemporáneos, porque no se adhiere a la dinámica de la inmediatez y la hiperproductividad del mundo actual; todo aquello que se salga de esos lineamientos se mira como innecesario y poco convincente en la carrera hacia la autorrealización y el éxito. Lo cierto es que mantenemos clara una imagen de cómo debe comportarse un ciudadano normal hoy en día, y aunque muchas realidades tiren por la borda todos esos preceptos, aun si la superficie de la era de la información está cubierta por el imaginario del individuo emprendedor de éxito.

El sueño americano es el punto de partida para el estereotipo del hombre moderno, que es uno de los aspectos responsables de delimitar los campos del buen hacer para la vida cotidiana, un modelo de vida que ha sabido esparcirse e introducirse según los alcances de la globalización en prácticamente todas las sociedades del mundo, ha sabido entonces reproducirse en incontables familias y por lo tanto heredarse hasta nuestros días. Ahora bien, esta reproducción sistemática de modus vivendi ha llevado a los individuos al abandono paulatino de costumbres que sin saberlo fueron antaño el reproductor y generador de hábitos que servían como preservadores de valores responsables de enderezar y hacer las veces de guía en el curso de crecimiento de una persona y de su familia.

La institución de la religión ha sido relegada no a un segundo, sino a un tercer plano en la vida social porque las corrientes de pensamiento contemporáneos están alineadas a un desarraigamiento ideológico que dio comienzo hace más de 3 siglos trayendo consigo cambios en todo el sistema político, cultural y económico de la sociedad occidental cuanto menos; los elementos que pasaron a ocupar el primer lugar fueron entonces el gobierno, las empresas y el mercado, la religión paso a ser el único aspecto del pasado que sobrevivió, como un vestigio podría decirse. De repente los modos y estrategias de producción habían invadido la totalidad de la vida moderna hasta llegar a ser lo que hoy se conoce como un materialismo cultural generalizado.

Ser integro en estos días se ha simplificado a dos conceptos: salud y éxito, un reduccionismo ontológico tan importante en la vida de las personas que de manera inevitablemente y de forma entrópica ha empezado a dar sus frutos en forma de una importante patología social que recién hoy por hoy comienza a preocupar a la humanidad, un desorden consecuente del desequilibrio físico, mental y espiritual reflejado en comportamientos nihilistas generalizados e incluso institucionalizados de la gente, que forman parte de un modelo vida superficial y sin sentido que como todas las cosas que pierden sus raíces, empiezan a desequilibrarse y a rasgar la fina membrana que separa el orden del caos. Este fenómeno contemporáneo no es teleológico y por lo tanto no es sostenible; en las páginas de la historia seguramente quedara grabado como una más de muchas catástrofes humanas, pero en esta ocasión la primera de carácter trascendental, una crisis espiritual que será el germen de las peores atrocidades en la lista de nuestros pecados, pero una de la que seguramente nuestra especie tras muchos años de sufrimiento y expiación resurgirá transformada y lista para continuar su arduo camino hacia la perfección de una raza.


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